Una filosofía de alabanza y música en la iglesia

Una filosofía de alabanza y música en la iglesia
por Zac Hicks
Traducción por Emma Tursell y Pablo Cano
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La adoración es una actividad en la que todos los seres humanos se ocupan. Es la adoración y el aprecio dado a alguien o alguna cosa, que se manifiesta en pensamientos, acciones y tiempo dados a ese determinado objeto de culto. Que Dios deba ser adorado es Su mandato divino para toda creación, y es por lo tanto el objetivo y fin de toda existencia. Por lo tanto, la adoración involucra todo en la vida; nada dicho, pensado o hecho está fuera de la esfera de la adoración de Dios. La adoración, para los creyentes, no es entonces sólo un acto abordado los domingos. Es una forma de vida. Bíblicamente, es evidente que no hay una expresión más central de nuestra salvación en Cristo que la participación en la adoración corporativa. El repetido mensaje de Éxodo 3-10 es que el pueblo de Dios es redimido con el propósito de reunirse en adoración de Él (3:12, 18, 5:1, 3, 8, 7:16, 8:01, 20, 25-29; 9:1, 13; 10:3, 7-11, 24-27). Existen muchos resultados indispensables de la salvación (acción social, misión, etc), pero todos estos son tanto penúltimos (nunca son la última expresión de la propia fe, ya que son medios para el fin de la adoración) como temporales (cesarán cuando Cristo venga y establezca los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva). La adoración corporativa es la expresión última y duradera de la redención (tenga en cuenta que incluso la gran comisión se da en el contexto de la la adoración de Cristo [Mateo 28.17-20]).

La adoración corporativa debe ser centrada en Dios y dirigida a Dios. Una metáfora útil es la noción de un diálogo que Dios ha iniciado con Su pueblo (cf. Ex 24., esp. v. 1) y Su pueblo ha de responder a Él en adoración. Las Escrituras, especialmente los Salmos, definen bien esta respuesta. Adoramos al Señor por quien Él es (cf. Sal 136, 148) y por lo que Él hace (cf. Sal. 98:1, 18; 136; Rom 12:1). Debido a que la adoración corporativa es un paseo litúrgico a través de este diálogo, es oportuno que la iniciación de Dios sea representada en la audición de la lectura de la Palabra, predicada y cantada. Al mismo tiempo, nuestra respuesta a la iniciación de Dios muestra la gama completa de reacciones humanas, que pueden ser resumidas como un equilibrio de reverencia y celebración (vemos tal contraste en la primera y segunda mitad del Sal 95; Sal 2:11). Así que la adoración corporativa debe, a veces, asumir la postura de reverencia, temor y sumisión (Ap 4-5; cf la etimología de la palabra griega y hebrea para adoración). En otras ocasiones, la adoración corporativa es celebrativa, exultante y emocionante (2 Sam 6:14-16; Salmos 146-150). La adoración corporativa no sólo involucra toda la gama de expresión humana, involucra cada faceta de la persona: cuerpo y alma (Deut 6:5; Mat 22:34-38; Rom 12:1-2), intelecto y emociones.

Una manera particular en que la Iglesia de Cristo, desde sus inicios, ha expresado su adoración corporativa es a través de la música, especialmente en el canto congregacional. La música es, históricamente y teológicamente, una parte central de la adoración corporativa de la Iglesia. Respecto al estilo musical en la adoración corporativa, mientras que soy un objetivista estético (i.e., existe criterio objetivo por el cual podemos juzgar si una pieza de música es más o menos bella que otra), hay un lugar en el entorno corporativo para una amplia gama de estilos musicales. Nuestro contexto rivilegiado en la América del siglo 21 nos permite experimentar y ser expuestos a una amplia gama de estilos culturales musicales, y si es del todo posible estos deben reflejarse en la adoración corporativa de la Iglesia (dentro de ciertos límites de la razón y la inteligibilidad). Una apropiada expresión, entonces, del culto de la Iglesia metropolitana Estadounidense es unidad (Ef 4, Juan 17:20-26) en la diversidad. Esta diversidad es de pueblos y culturas (Gal 3:28-29, Colosenses 3:11), instrumentos musicales (Sal. 150:3-5), y tipos de cantos (Col 3:16).

En el canto congregacional, el texto y la música deben jugar roles complementarios, con el texto siempre como el punto determinante final. En otras palabras, la música está siempre subordinada al texto en el canto congregacional, porque una condición necesaria de la adoración es la inteligibilidad (Juan 4:24;.. 1 Cor 14, esp vv 23-40). Esto no excluye a la música de ser compleja, siempre que complemente, enmarque, y enriquezca al texto que envuelve. El texto de un canto determinado debe ser teológicamente exacto, centrado en Dios, informado por el evangelio, y coherente y lógico en pensamiento. Esto no significa que un canto no pueda ser simple; lo que significa es que un canto no puede ser simplista. Todo esto se combina para informar al criterio de lo que hace un “buen” canto congregacional: capacidad de cantarlo (una línea melódica que no es demasiado difícil de cantar), la complementariedad musical (acompañamiento que enriquece en lugar de distraer del texto), la precisión teológica (un mensaje que presenta una doctrina consonante con la de las Escrituras), y coherencia lógica (un conjunto de palabras que tienen sentido y presentan un mensaje unificado). La música de la Iglesia, en general, se debe ejecutar con la máxima calidad e integridad. Esto implica habilidad para tocar (Sal 33:3 b), creatividad y frescura (Sal 33:3a; 40:3a; 96:1; 149:1b), y diversidad estilística (Sal 150). La situación de cada iglesia
y los recursos son diferentes, y por lo tanto, estos objetivos han de entenderse en el contexto de una situación determinada.
Para el artículo original en inglés, visite la página de Zac Hicks

Comentarios
Una respuesta to “Una filosofía de alabanza y música en la iglesia”
  1. RAUL CHAVEZ says:

    Buenas tardes

    me parece este tema muy profundo y practico.
    compre uno de los cantos (compadecete de mi) y es muy bueno para la albanza y adoracion de confesion a nuestro Dios.

    gracias por sus aportaciones para la gloria de Dios

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