Confesiones de un adorador frustrado

Por Matthew Smith
Traducción por Andrés Bedolla Gómez
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Cuando estaba en la preparatoria (bachillerato), me encantaba cantar. Cantaba en la
ducha. Cantaba en mi cuarto. Cantaba mientras caminaba por los pasillos de la escuela.
Cantaba hasta que la gente me callaba. (Parecería que eran groseros conmigo, pero en
retrospectiva, tenían razón. Era bastante molesto.) Al cumplir 16 años, encontré una
forma de cantar de una manera más aceptable socialmente. Aprendí a tocar la guitarra.
Como muchas personas de preparatoria que aprenden a tocar tres acordes, fui reclutado
para dirigir los cantos de alabanza en las reuniones semanales del grupo de jóvenes. (O
me forcé a mi mismo a tener esa posición–mi memoria me falla en este momento).
Después de dirigir la música, me sentaba y escuchaba un mensaje, que el punto principal
era que necesitaba esforzarme más. Esforzarme más para tener un “buen testimonio” en
la escuela. Esforzarme más para evitar la tentación. Esforzarme más para obedecer a
Dios.

De alguna manera, la idea de esforzarme más la apliqué en la adoración. Mi repertorio
consistía en coros de alabanza y adoración (en el que ninguno traía un acorde de Fa–no
sabía cómo tocarlo), principalmente las que hablaban de lo mucho que quería adorar a
Dios. Pensaba que si me esforzaba más, si era los suficientemente sincero, y lo decía
realmente en serio, que entraría en un estado de Adoración con A mayúscula. El mundo a
mi alrededor se desvanecería, perdería mis inhibiciones y alcanzaría un estado espiritual
de estar perdido en adoración.

Pero este estado espiritual de éxtasis nunca llegó. Y, en mi mente, sólo había un
culpable–yo. Era un adorador frustrado.

*****

Cuando llegué a la Universidad de Belmont en Nashville, empecé a asistir a un estudio
Bíblico llamado Reformed University Fellowship (Comunidad Universitaria Reformada).
La persona que dirigía las canciones tenía una guitarra acústica, y fui cautivado al
instante por la música que estaba tocando (y por la cantidad excesiva de veces que
rompía una cuerda). Nunca había escuchado esas canciones, pero las letras llamaron mi
atención. Eran hermosas–artísticas–y aunque al principio no entendía el significado de
cada línea, cada canción cautivaba mi imaginación.

Pronto descubrí que estas canciones eran himnos antiguos con música nueva. Eso
explicaba las palabras poco comunes.

*****

Durante las siguientes semanas, mientras estaba de pie y cantaba estos himnos, y me
sentaba y escuchaba la predicación de la Palabra, me sentí intrigado, fascinado y hasta
ofendido. Por primera vez escuché claramente que la vida no se trataba de mí y de lo
mucho que me esforzaba. Cada manera que yo había tratado y fallado de complacer a
Dios, Jesús lo intentó y logró. Y no lo hizo para ponerme en deuda con Él, o sólo para ser
un buen ejemplo a seguir, o mostrarme lo fácil que sería mi vida si se me ocurriera la
estrategia correcta. Lo hizo mientras yo estaba muerto en mi pecado. Todo lo que tenía
que hacer se cumplió en la cruz, y la tumba vacía era la libertad verdadera y duradera
para mí.

Las letras que estaba cantando no se trataban de mis deseos o de lo mucho que quería
adorar a Dios, eran de Jesús y sus deseos, y mostraban razones específicas y bellas del
porqué Él es digno de adorar.

    ¡Levántate, mi alma, levántate! Sacude tus temores culpables –
    El sacrificio de sangre en mi nombre aparece.
    Ante el trono está mi garantía.
    Mi nombre está escrito en sus manos.

Los himnos me invitaban a ser honesto. En lugar de exigir que dejara la dureza de la vida
en la puerta para perderme en una “experiencia de adoración” (que nunca había analizado
detalladamente de todos modos, y pensándolo bien, parecía más bien un ideal budista que
uno cristiano), hablaban con franqueza sobre como el cansancio, la tristeza y el dolor son
parte normal de la vida cristiana, no una señal de fracaso personal y espiritual.

    Refugio querido de mi alma cansada, en ti, cuando las penas aumentan
    En ti, cuando las ondas de problemas vienen, mi esperanza desvaneciente se basa.
    A ti te digo cada dolor en aumento, porque sólo tú puedes curar.
    Tu palabra puede traer un dulce consuelo para todos los dolores que siento.

Estas letras se fueron a lo más profundo de mi corazón, y mi manera de pensar acerca de
la adoración empezó a cambiar. Yo ya no me examinaba para ver si me estaba esforzando
lo suficiente para adorar. Durante unos minutos cada semana, mis ojos se volvieron
brevemente lejos de medir mi propio rendimiento (espiritual o no), y me invitaron para
medir el rendimiento de Jesús en mi nombre. Y él nunca se quedó corto.

*****

Después de un par de años en la universidad, Kevin Twit (el ministro de RUF que dirigía
la música y rompía todas las cuerdas) decidió grabar un CD de algunos de los himnos que
cantábamos, sobre todo para compartir la música a otros grupos de RUF. Una semana había entregado la letra de un himno llamado “Ven, oh pobre descarriado” y nos dijo que
alguien tenía que escribir música para ella. Esa noche, me senté con una guitarra en mi
dormitorio con esas palabras.

    Ven, oh pobre descarriado, pecadores con temor,
    Cristo por salvarte espera con poder y compasión;
    Cristo puede, Cristo puede, Y te salva con amor.
    Tu conciencia no te impida, prepararte no podrás,
    Todo lo que se requiere se halla en Cristo, en Él confiad,
    Esta gracia, Esta gracia, Jesucristo te la da.

Es difícil imaginar las palabras que podrían capturar más perfectamente lo que había
estado experimentando. Mis sueños de “preparación” (ser lo suficientemente bueno para
Dios) habían desvanecido, reemplazada por una visión de un Salvador que era capaz,
lleno de compasión y poder, de ponerse de pie y salvarme.
Al final de la tarde, ya había terminado la música. Incluso tenía un acorde de Fa.

*****

El primer CD, Gracia Indeleble, se extendió de boca en boca. Empezamos a recibir
pedidos de todo el país (y poco después, del mundo), y se hizo evidente que estos himnos
no sólo resonaban únicamente con estudiantes universitarios. Pronto comencé a viajar y
tocar conciertos de los himnos, y era alentador ver que jóvenes y adultos respondían a lo
que estaban escuchando. La primera vez que una señora de ochenta años se me acercó
después de un concierto y me dio las gracias por cantar estos himnos, hice un poco de
cálculo mental, estoy bastante seguro de que ella no escuchaba a U2 ni Wilco ni The
Beatles, ni cualquier otro tipo de música que me gustaba. Pero captó la idea. En ese
momento, nos conectamos a través de la belleza del Evangelio, sin importar el tipo de
música en el que era cantado.

Grabé “Ven, oh pobre descarriado” de nuevo para mi primer CD como solista, Aún
Cuando Mi Corazón Se Está Quebrando (Even When My Heart is Breaking), y he
continuado de gira y grabando desde entonces. En cada concierto, espero poder dar a
otros una idea de la libertad que experimenté por primera vez en la universidad. A medida
que crezco, los himnos se han tejido en la tela de mi vida. Con cada dolor, cada fracaso,
estas palabras resuenan en lo más profundo mientras que con suavidad pero con firmeza,
levantan mi cabeza a mi esperanza segura, el Salvador que ascendió y obtuvo la justicia
para mí, y cuya perfecta vida de adoración hace que este adorador frustrado sea siempre
aceptado por Dios.

    Ved al Cristo en su gloria, por su sangre y su poder;
    Descansad en su justicia, y en Él sólo ya confiad,
    Sólo Cristo, Sólo Cristo, Por ti puede interceder.

*****

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